La Habana, mi linda Habana

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domingo, 5 de diciembre de 2010

Mi época de trabajadora

Hoy recibí un email de una querida amiga desde Cuba, con unas fotos en que estaban varias compañeras y compañeros de trabajo disfrutando de una pequeña fiesta con motivo de la visita de uno de ellos a Cuba, después de varios años viviendo en Estados Unidos.
Ya saben, se me llenó la mente de recuerdos lindos y divertidos de mi época de trabajadora. Estos compañeros de los que hablo, trabajaron conmigo por un período nada despreciable de 25 años, y pensándolo bien, éramos más que compañeros de trabajo, éramos como familia, después de tantos años, compartiendo 8 horas diarias juntos.
Cuando comencé a trabajar en el IDA, tenía 32 años, y era una de las más viejas, pues el promedio de edad de los trabajadores era de 25 años. Esas chicas que trabajaban conmigo en el departamento de Contabilidad, empezaron relaciones de pareja, luego se casaron, tuvieron hijos, y se hicieron mayores todas juntas. Recuerdo la emoción de las demás cuando una de ellas tenía su primer hijo, o las reuniones en la boda de otra.
La verdad que pasamos muchas alegrías y tristezas juntas, además de mil necesidades materiales, algunas nos ayudábamos, otras no, porque como en todo colectivo había gente de todo tipo, y de variados sentimientos, no voy a decir que todo era perfecto.
Tuve una compañera, que era comiquísima, y tenía una “cara durísima”, para decir como los cubanos que era desfachatada y fresca. Recuerdo un día que esa chica y otra más, habían hecho los planes para ir a una cola de una tienda de ropa que iban a surtir de ropita nueva para niños, y ellas habían salido del trabajo, escapándose y marcando un número en la cola, para regresar corriendo al trabajo. Pero debían volver a las 11 de la mañana, para cuando abrieran la tienda a las 12 poder comprar.
Bueno, resulta que la primera vez para coger el turno de la cola se pudieron escapar, pero a las 11 de la mañana ya había llegado el jefe, y no pudieron hacerlo, entonces se pusieron de acuerdo y empezaron una comedia. Yo no sabía que era comedia, y me preocupé muchísimo, porque Cachita, la que era una cómica, empezó a vomitar, se levantaba del buró y corría al baño, y desde allí en el departamento se sentía el golpe del vómito en el váter. Eso lo hizo varias veces, y entonces, la otra chica habló con el jefe para decirle que Cachita estaba muy mal, que la iba a llevar al Policlínico (que estaba muy cerca de la tienda y así escaparse a comprar).
Bueno, como me vieron tan preocupada, me explicaron que era “mentirita”, jajajajaja, Cachita iba al baño, tiraba un jarro de agua de golpe en el váter y ese era el vómito que se escuchaba.
Pero la cosa no terminó bien, porque el jefe les dijo, que no se preocuparan, que su tío era médico del policlínico y quien la iba a llevar era él, para que la atendieran enseguida. El caso fue que Cachita fue para el Policlínico y allí la inyectaron con un Gravinol, para detenerle los vómitos, jajajajaja, volvió para el trabajo sin poder comprar en la cola, y echaba pestes por la boca, se durmió en el buró, por la inyección que daba sueño, y todas nosotras muertas de risa. Anécdotas como ésta tengo un millón, la verdad que la pasábamos muy bien, y he extrañado esos tiempos cantidad al dejar de trabajar.
Cuando vine a vivir a España, eché mucho de menos mis amistades, pues no he podido volver a tener verdaderas amistades. Aquí conozco a muchas buenas personas, y tengo amigas pero no de mi edad. Las de mi edad me miran con desconfianza por no ser de aquí, y no desean intimar más, son relaciones superficiales, además no se visitan nunca, y nosotros los cubanos somos de compartir con los amigos, y de formar una reunión o fiesta por cualquier motivo.
Cada domingo asisto a misa en la misma iglesia, desde hace 5 años, y conozco así como les cuento superficialmente a varias señoras mayores y sus esposos. Una de ellas empezó a saludarme afectuosamente y se sentaba a mi lado, además vive en el edificio de enfrente. Yo le correspondí de la misma forma, pero un día en la calle la saludé y le di un beso, y desde ese día se fue apartando de mí, pues ella siempre estaba con otra señora mayor que parece que es su amiga de toda la vida. Pienso que esa otra señora no le gustó mi saludo, pues aquí ven con desprecio a los extranjeros, sino con desprecio con bastante desconfianza. En la iglesia se mudaron de bancos, y trataron de más nunca coincidir conmigo. No es que me importe mucho, pues ellas no eran mis amigas, pero no deja de asombrarme lo curioso del ser humano, ellas son religiosas, van a misa todos los domingos, comulgan, y según la religión todos somos hermanos, y somos iguales ante Dios, sin embargo, me sucede eso con ellas. La señora con la que tuve empatía, se ve que es muy dulce ya que todos la saludan con cariño, pero se dejó manipular por la otra fácilmente. Mi hija dice que yo soy “complejista”, pero no creo que sea eso, sino que soy sensible y que observo el curioso comportamiento humano. Yo sigo yendo a misa, pues me siento muy bien en la casa del Señor, y a ese detalle le di de lado, pero no pude dejar de pensar la diferencia con los verdaderos amigos que tuve en mi juventud.
Termino este comentario, y espero no aburrirles mucho.

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