La Habana, mi linda Habana

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viernes, 12 de febrero de 2010

Llegó el carnaval

Semana de carnaval en el colegio de mi nieta. Viéndola como se preparaba con mucho embullo para ir a celebrarlo con sus compañeritos de aula y su maestra, recordé muchas cosas lindas de mi niñez.
Déjenme contarles que en estos tiempos difíciles de crisis económica, los maestros han simplificado la celebración de los carnavales, pues no todos los padres pueden comprar disfraces, así, pues han tenido una iniciativa muy original para celebrar el carnaval con pocos recursos económicos. Los niños fueron el lunes a clases con un adorno en la cabeza, vi pelucas, orejas de Mickey, cascos, y cuanto adorno los padres pudieron inventar. El martes fueron con adornos en manos y pies o en las muñecas y los tobillos. El miércoles con la cara pintada de colores. El jueves vestidos con la mayor cantidad de prendas de ropa posible del mismo color y el viernes con todas esas cosas juntas puestas y un instrumento musical ruidoso para desfilar por el patio del colegio. Mi nieta iba muy contenta aunque al final tuvo un percance, pues la maraca que llevó, que tenía pintado el nombre de CUBA, se rompió, y su mami le había pedido que la cuidara porque era un recuerdo que habíamos traído de nuestro país. Ahí mismo se formó, cuando ella vio que se había roto, era un mar de lágrimas y toda la pintura de la cara se le corrió, se imaginan que desastre de disfraz, jajajajaja. Al final la madre le aseguró que no importaba,que tiraban la maraca y que ya habría tiempo de traer otra de Cuba. Menos mal porque sino corría el riesgo de deshidratarse ya que es muy dramática, de seguro que esa trabajará de artista.
Como les decía, todo este trajín me trajo recuerdos de cuando yo viví esas experiencias. Mientras fui pequeña siempre celebrábamos los carnavales en el colegio donde estudiaba. Primero estudié en una escuela pública de mi pueblo, Rancho Boyeros, donde mi abuela Virginia era la directora. Allí tuve unas maestras magníficas, pero solo hasta segundo grado. Resulta que mi prima y yo, las dos nietas de la directora de la escuela, sacábamos muy buenas notas, siempre cogíamos el premio que daban en aquella época que se llamaba "El beso de la Patria" con los primeros lugares del aula. Por supuesto, enseguida surgió ese gran defecto humano que se llama envidia, y empezaron los comentarios de que cogíamos esas buenas notas por ser las nietas de Virginia. En vista de eso nuestros padres tomaron la decisión de cambiarnos de escuela y así entramos las dos en el Instituto Edison , escuela privada que estaba en el barrio de La Víbora en La Habana. Allí seguimos obteniendo las mismas calificaciones sin ser nietas de la directora, y pudimos obtener una educación magnífica, pues era una de las mejores escuelas de La Habana. Todas mis maestras excepto la de tercer grado, de la cual escribiré en otro comentario,eran unas profesionales admirables, y la base de mi educación fue magnífica. De esta escuela tengo recuerdos muy bonitos, allí los carnavales se celebraban por todo lo alto, montaban un parque de diversiones en el patio de la escuela, y todos los alumnos iban disfrazados con disfraces preciosos. Tuve muchas amigas y amigos en esa etapa de mi infancia.
Creo que tuve una niñez privilegiada, pues era hija de un matrimonio muy bien llevado, y que me dio toda la atención y el amor que necesitaba. Mi padre, que para mi fue además de padre, un amigo, era médico, psiquiatra y mi madre era ama de casa. Fueron novios muchos años, mientras mi padre terminaba la carrera de medicina, la que fue interrumpida en dos ocasiones por el cierre de la Universidad de La Habana. En esa época Cuba sufría bajo la dictadura de Gerardo Machado y para evitar las protestas estudiantiles cerraban la Universidad. Pero el noviazgo duró los 7 años que él estuvo estudiando, de lejos, pues ella vivía en Las Villas, en San Diego del Valle, un pueblito de campo del municipio Cifuentes, y solo se veían dos o tres veces al año.
En mi casa todo eran risas, alegrías y felicidad, por lo menos a mi eso me parecía, de seguro también ellos peleaban, pero nunca lo hicieron delante de mi.
También tuve desdichas, la primera fue el empezar a perder la audición, que para un niño de 8 años es una tragedia griega. Pero las desdichas se las cuento en otra ocasión, porque creo que ya di bastante muela. Buenas noches al que me lea, y si no me lee nadie, pues no pasa nada...

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